El gobernador Martín Llaryora parece haber optado por una estrategia de «libertad de acción» para sus diputados en la votación de la reforma laboral. Al permitir que la mitad del bloque no acompañe el proyecto, Llaryora envía señales contradictorias que buscan preservar su imagen ante el electorado cordobés sin romper definitivamente con Milei.
Esta táctica permite al gobernador deslindar responsabilidades: por un lado, facilita que algunos legisladores apoyen para mantener la gobernabilidad, pero por otro, se resguarda de las críticas gremiales a través del rechazo de la otra mitad. Es una jugada de ajedrez político que busca maximizar beneficios con el menor costo posible.
Sin embargo, esta división también puede leerse como una falta de control sobre su propio espacio legislativo. En un Congreso tan fragmentado, la incapacidad de alinear a todo el bloque propio resta poder de fuego a la hora de reclamar recursos o partidas presupuestarias para la provincia.





